Nuestra historia como país exportador es, si la tenemos, relativamente
inmediata, desde que la colocación de la producción agro - ganadera
en el exterior, que caracterizó nuestra vida nacional no puede
llamarse precisamente exportación en el más estricto sentido de
la palabra.
Así,
desde fines de la segunda guerra, que es cuando comienza un forzado
proceso industrial, hemos ido avanzando, y retrocediendo y hasta
dando pasos al costado, sin un hilo conductual ni reglas de juego
claras que permitan el diseño y cumplimiento de un plan orgánico
de comercialización con el exterior de productos con valor agregado.
Dependiendo de los avatares propios de las políticas económicas
o mejor dicho de la falta de ellas, hemos pasado de ser un país
exportador a importador y su inversa, y donde un fabricante local
debía modificar su estructura para cerrar su planta y dedicarse
a representar y comercializar marcas del exterior.
En
este contexto, y por su política transnacional, la gran empresa
tuvo y tiene el poder de una rápida adecuación a estas realidades
mediante la relocalización de sus aparatos productivos o sus fuentes
de aprovisionamiento, por lo cual prefiero en este caso dejarlas
de lado de este análisis.
El
problema se centra en la empresa mediana y especialmente en la
pequeña que, sin los recursos ni posibilidades que dispone la
grande, debe sumarse a la corriente que el gobierno impone por
sus caprichos económicos y tratar de adecuarse a las circunstancias,
exhausto, desgastado y con una experiencia quebrada por el brusco
giro de su negocio.
Para
poder encarar cualquier negocio, al que no escapa el negocio de
exterior se requiere un profundo conocimiento del rubro, capacidad
de análisis de los escenarios comerciales y disponibilidad de
recursos, además de tener muy en claro la meta a alcanzar.
Hace
unos tres lustros atrás, cuando Argentina fue el primer y único
país del mundo en tener una ley de promoción de exportaciones,
con mucha pompa y circunstancia, fueron más los viáticos de los
funcionarios en viajar al exterior para conquistar mercados que
las exportaciones que se concretaron, más los decretos promocionales
que los consorcios de exportación que se conformaron y más los
trámites burocráticos a cumplir para obtener los seudo beneficios
que ya estaban destinados a unos pocos, que el aumento en la balanza
comercial.
Si
tendemos la vista atrás, veremos un camino de piedras y ortigas
que invariablemente ha dejado el tendal aspiraciones e intenciones
de insertarse en los mercados externos de las empresas que confiaron
en los planes oficiales que le prometían abrían la puerta de los
mercados de exportación.
Pero
algo ha cambiado en el pueblo argentino. Ya no somos los mismos,
y el que no ha querido o no ha podido irse y quiere hacer algo
por si sino por el país, tiene un descrédito no solo financiero
sino también moral, y eso es bueno ya que nos da la impresión
de que nada ni nadie hará nada sino lo hacemos por nosotros mismos.
En
consecuencia, con un mercado interno escaso, agotado y sin recursos,
con la inesperada ayuda de un tipo de cambio, si bien incierto
al menos temporalmente ventajoso, aunque con muchísimas
desprolijidades propias de la angurria oficial, creo que es el
momento de agotar nuestras energías en una inserción internacional.
El
camino no va a ser fácil, no va a ser lo que fue para Japón el
fin de guerra, desde que el mundo ya no acepta la baja calidad,
como tampoco acepta la falta de seriedad, continuidad o costos
inadecuados.
Lo
importante no es lanzarse ya a una aventura exportadora sino que
es fundamental un sinceramiento del negocio, lograr la especialización
en el rubro y diseñar inteligente y convenientemente el plan de
negocios, y principalmente no engañarse ni perder tiempo alguno
en el análisis de las ayudas y tentaciones oficiales o asesores
de escritorio.
El
mercado exterior es exquisito, exigente y muy competitivo, pero
noble si nuestras intenciones son buenas. Hubo momentos en que
algunos Argentinos para hacer negocios en el exterior y ser creíbles,
debíamos denunciar otra nacionalidad. Así decíamos que éramos
Uruguayos o Paraguayos. No sé si debemos llegar a tal extremo
pero si transformarnos en ciudadanos del mundo y que podamos hacer
negocios más allá de nuestra nacionalidad.
Pensemos nuestro negocio con el exterior no porque incrementaremos
la balanza comercial o por el orgullo de llenar el mundo
de banderas argentinas, pensemos en satisfacer a un cliente que,
bien asistido, nos será fiel y nos dará los réditos que necesitamos.
Nuestro negocio no tiene tendencia política, pero si necesita
de una política comercial bien definida, así seamos una gran empresa
o un humilde micro emprendedor. No importa lo que vayamos a comercializar,
debemos ser los mejores en ello, con una sensible diferenciación
de nuestros competidores. Esta es la única herramienta que necesitamos
para hacernos acreedores del crédito comercial en el exterior.
El
mercado exterior siempre ha estado, está y estará allí, esperando
a ser satisfecho, solo uno sabe el momento en que debe insertarse
en él, pero este es un momento particularmente especial y motivador,
aprovechémoslo.
Es amplio el menú de opciones, tanto de potenciales
mercados internacionales como de productos a colocar. En todos
se da una característica particular : Este es el momento de la
pequeña empresa, no lo intentemos, hagámoslo.
Lo
dicho no tiene la pretensión de constituirse en una
suerte de fórmula mágica de la supervivencia, el crecimiento y
la tan anhelada rentabilidad de su empresa,
mas bien es una mera campana de atención sobre lo peligroso de
la improvisación en esta oportunidad de rediseño de nuestro crecimiento
en el complejo y despiadado escenario de los negocios actuales.
Lic.
Carlos A. Ledesma
foreignaffairs@infovia.com.ar