El
mal del país
La
dura experiencia de los últimos tiempos en la vida política argentina
comporta lecciones que debemos recoger para fortalecer nuestro espíritu
nacional.
La
desorientación y el desaliento público es por la falta de confianza
y acertada acción de los hombres que conducen el país. La carencia de
ideas concretas, constructivas, orgánicas de los últimos gobiernos nos
lleva vivir una realidad dispar. Es inminente alcanzar una evolución
histórica. Ella puede requerir de bases materiales, nuevos planteos
en los partidos políticos, pero lo difícil es devolver al ciudadano
la confianza y pasión por el bien público.
Ante
esta inquietante situación es necesario reaccionar en defensa de un
mejor orden social y fortalecimiento constitucional. Los argentinos
amantes del país, de sus instituciones, de su tradición, deben retomar
la marcha y esforzarse en perfeccionarlas. Que cada grupo no actúe de
manera aislada sino que todos se reúnan obrando con la rapidez y diligencia
necesaria para lograr el éxito.
Agrupemos
a los mejores, ayudémosles a surgir, disculpemos sus fallas y procuremos
facilitar su tarea. Pero obremos pronto, sin egoísmo, con voluntad de
enmienda, teniendo en cuenta que los males no provienen de las instituciones
o las leyes, sino de los hombres, de nosotros mismos, que somos culpables,
unos de ambición, otros de indiferencia y los más de inmoralidad.
El
país no debe ser manejado discrecionalmente desde la Casa Rosada. Deben
nacer voces nuevas con coraje, orgullo y la bravura de los antiguos
patriotas para exigir mejor reparto y justicia. Debe extenderse por
el país entero el espíritu de sacrificio y de trabajo. Hay que extirpar
los males físicos y morales que impiden nuestro desarrollo y hacer resurgir
tierra adentro el vigor y las virtudes, que nos hicieron grande alguna
vez.
La
integración argentina
Mi
preocupación es discurrir sobre la integración argentina frente a los
males que nos siguen afligiendo: manejo equivocado de la economía y
finanzas, urbanismo, desorientación política, y otros más que desequilibran
el país y destruyen su régimen federal.
En
las circunstancias actuales es recomendable para la Argentina, primero
hacer su propia integración. Alberdi solía decir: No habrá paz en el
país si no se desarrolla armónicamente y si el poder económico se concentra
sólo en un sector.
La
estructura del país se descompone porque nuestros políticos adulan a
la burocracia y a los gremios, sin preocuparse por salvar a la Nación.
Como la ambición divide a los conductores, la ciudadanía les ha perdido
la fe.
La
mayor falla de estructura es el abandono del campo y la urbanización
excesiva. Se construyen casas modestas donde el trabajo falta cada día
más. El error es fomentar industrias mal orientadas , atrayendo a los
campesinos que abandonan la tierra, fuente de prosperidad y trabajo.
Es allí mismo donde deben levantarse fábricas que elaboren frutos. Se
deben implementar salarios justos, mayores para los que más trabajan,
más sufren y producen. Para lograr la integración nacional es urgente
nivelar a las provincias.
Hace
falta liberar gravámenes a las inversiones que se radiquen en el interior,
no sólo como estímulo de los trabajadores del campo si no porque es
nuestra casi única fuente de exportación y divisas. Es necesario aprovechar
nuestros ríos para fertilizar las tierras. En el Oeste millones de tierras
irrigadas podrían producir casi como la pampa húmeda. Pero las aguas
se menosprecian. Existen zonas aniquiladas por la sequía mientras otras
continúan ahogándose por el desborde de los ríos. Ello como consecuencia
de que olvidamos pensar la unidad.
El
actual desorden y la falta de rumbo evidencian que debemos conducirnos
como la madurez exige. El mal es profundo y se hace indispensable no
postergar nuestra la integración . El gobierno requiere ordenar, reducir
gastos, hacer economía. Urge conjurar tres cuestiones: el campo, el
transporte y la vivienda. Es recomendable convertir al campo en la industria
más promisoria del país.
A
ello se debe sumar el trabajo, el ahorro y la economía. Su aplicación
en Europa y Japón hizo el milagro de convertirlos en banqueros de países
antes prósperos, pero que el ocio los ha llevado a la miseria. Por lo
tanto, bienvenidas las actuales circunstancias si por ellas aprendemos
a recuperar la prosperidad perdida.
El
ejemplo de Brasil
Hay
quienes hacen inevitable una crisis de alimentos en el mundo, sin advertir
que el mayor peligro proviene de que se están agotando las fuentes proveedoras
de agua dulce en casi todos los países, haciéndose escaso el riego,
el alimento y aun la bebida para millones de personas.
Mientras
ello ocurre, en la Argentina como se mencionó anteriormente, menospreciamos
el agua. Calificados especialistas han aconsejado curar algunos de nuestros
males dotando de fuerza eléctrica a regiones donde hay abundancia relativa,
por ejemplo el Oeste. Ello estimularía su economía y evitaría la emigración
de las personas.
Sin
embargo en Brasil, cuyo desequilibrio económico es muy similar al nuestro,
se adopta una política diferente. El agua abunda en su territorio y
se aprovecha muy bien en ciertas zonas, pero en otras como el problema
de la bebida, del riego, del fomento industrial y de la fuerza es muy
angustioso, el mismo se afrontó en la Constitución. Ella destina rentas
tributarias para defender de las sequías al noroeste, dar valor al Amazonas
y brindar precauciones para que no falten recursos en los estados y
municipios.
La
insuficiencia eléctrica es considerado un problema de tal magnitud para
Brasil a tal punto que puede estrangular su economía y concentrar en
un área muy pequeña la prosperidad económica y la población nacional.
Por lo tanto, el país unió las fuerzas de todos los gobiernos con la
iniciativa privada para duplicar la potencia. Aun subsiste una cooperación
armónica entre Nación, estados, distritos locales, bancos del estado,
capitalistas, concesionarios y créditos del exterior. Todos cooperan
armoniosamente por el progreso nacional. El éxito es completo mientras
la Argentina continúa perdiendo fuentes de vida y energía.
El
proceso seguido por el país hermano es un ejemplo que nos deja enseñanzas.
En primer lugar, valorar a la tierra y el agua. En segundo lugar, Brasil
enseña preparar planes de largo alcance. En tercer lugar, realizar concesiones
a empresas extranjeras pero razonables y sujetas al contralor público.
En cuarto lugar, aprendamos los inconvenientes que lleva concentrar
la actividad y la vida del país en una región pequeña y buscar el desarrollo
de toda la Nación. Finalmente, aprendamos a amar al país, desarrollándolo
en sus diversos sectores con la cooperación de todos los ciudadanos,
entidades económicas y gobiernos. Que la política abandone los pleitos
nacionales cuando se trate de los grandes problemas nacionales. Ello
permitirá que los argentinos uniendo sus fuerzas, con sacrificio, esfuerzo
y trabajo puedan sacar a la Argentina de la encrucijada en que se encuentra.
Lic.
María Elsa Coronel Calvet
mariaecoronel@hotmail.com